
Edurne Pasabán a la cabeza de su equipo
Así a bote pronto conozco a tres mujeres, españolas (puede que haya más a lo largo y ancho del mundo, pero bueno, estas son las más conocidas por mi) que tuvieron los ovarios de superar varias cumbres de 8.000 metros de altitud, tienen en su palmarés deportivo logros que muchos hombres no fueron capaces de conseguir aún y que otros muchos solo los vislumbrarán en sueños.
Tenemos por un lado a la viguesa Chus Lago que subió algún que otro ocho mil, está en posesión del Tigre de las Nieves por subir los picos más altos de la antigua Unión Sovietica, se le ocurrió que podía cruzar groenlandia esquiando y como le fallaron las radiobalizas y tubo que abandonar... pues bueno... se fue hasta el mismísimo Polo Sur.
Después está una chica de Cangas de Narcea, en Asturias, que se llama Rosa Fernandez, un día tuvo la mala suerte de sufrir un cancer de pecho y le dijo al cancer que le iba a partir la cara, después de vencerlo se puso subir ochomiles y lleva ya seis en su palmarés, y espero que los haga todos.
Y por último una chica que creo que lo raro, a estas alturas, es que esté a una altitud normal: la vasca Edurne Pasabán, a la que creo que no le quedan más ochomiles que subir, si no me equivoco hay catorce y se los subió toditos, pam, pam, pam, uno tras otro y cuando la ves hablando, pues oye, tan normal, como si fuese tu vecina de al lado.
El otro día la estuve viendo en un programa que nos mostraba como subía al Manaslu con un grupo de hombres, todos con sus pesadas mochilas, ella con una amarilla igual de grande que la de ellos y a la cabeza de su equipo montaña para arriba (¡y hay quienes la critican eh!). La pregunta era obligada ¿cual es la diferencia entre las mujeres y los hombres en un deporte tan extremo?
Lo dijo sin alterarse, como quien no quiere la cosa: no hay diferencia en fuerza, en moral, en ánimo, la diferencia estriba en lo que se sacrifica, algunos de sus compañeros tenían hijos (que cuidaban en su tierra sus esposas), tenían claro, esposas o parejas y ella... ella no tenía nada de eso, lo había sacrificado todo a la pasión por la montaña, se preguntaba, o afirmaba ella más bien, que otro gallo podría cantar si los maridos fuesen los que se quedasen en casa cuidando los hijos para que algunas esposas o novias pudiesen hacer sus sueños realidades, pero claro, eso no pasaba por diversas razones, muchas veces por puro convencionalismo y costumbre.
¿Os imaginais cuantas mujeres sobresalientes podría haber en el mundo si muchas no lo hubiesen sacrificado todo para que su marido destacase? (y a veces bastante poco) ¿cuantas habría habido si el marido les hubiese dicho que él cuidaría del hogar y de los hijos? Poder, como demuestran estas tres mujeres, podemos, creo que solo tenemos que cambiar un poco las tornas, ser más iguales, lograr que los hombres no se crean en muchos casos tan importantes ¿algún hombre cuidaría del hogar para que su mujer destacase o hiciese carrera en alguna actividad?